Hay premios que no terminan cuando te los entregan. Empiezan ese día.
- Jaime Medel
- 26 jun
- 4 min de lectura

A veces todo empieza con algo pequeño: un profesor propone un concurso, unos alumnos dicen que sí, un trabajo, una presentación… y un premio.
Y parece que ahí acaba todo. Pero no.
Once años después entendí que hay premios que no terminan cuando te los entregan. Empiezan ese día.
Hace poco volví a Es de libro, el concurso de investigación escolar organizado por CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) que gané en equipo cuando estaba en 3º de ESO en el Colegio Retamar. Entonces solo queríamos hacerlo bien: investigar, ordenar ideas, trabajar juntos y presentar un proyecto del que pudiéramos estar orgullosos. El trabajo presentado se encuentra aquí: EL ORGANO ESPAÑOL DE TUBOS.
No sabíamos que aquel trabajo iba a quedarse con nosotros mucho más tiempo que muchos exámenes. Porque hay experiencias que solo se entienden del todo cuando han pasado los años.
Lo que empieza en una clase puede acabar marcando una vida
En el colegio uno no siempre es consciente de lo que está aprendiendo de verdad.
Creemos que aprender es memorizar fechas, fórmulas o definiciones. Y sí, eso forma parte del camino. Pero hay aprendizajes que entran de otra manera: cuando tienes que ponerte de acuerdo con tus compañeros, cuando una idea no se sostiene porque falta una fuente, cuando alguien te corrige y toca volver a empezar, o cuando un profesor te exige más porque sabe que puedes hacerlo mejor.
En aquel trabajo de Es de libro aprendimos a investigar. Pero también aprendimos algo más importante: que las ideas necesitan esfuerzo.
Hoy, cuando todo parece inmediato —una respuesta rápida, un resumen en segundos, una frase brillante en una pantalla— investigar sigue siendo justo lo contrario: parar, hacerse preguntas, contrastar, dudar, leer, descartar y volver a mirar.
Eso, que puede parecer muy académico, es en realidad una forma de estar en el mundo.
Quien aprende a investigar aprende también a no creerse lo primero que escucha. Aprende a mirar con criterio. Aprende que opinar exige responsabilidad. Y aprende que la originalidad no consiste en inventarse cualquier cosa, sino en construir algo propio a partir de un trabajo honesto.
Un premio que no se quedó en el diploma
Con perspectiva, me doy cuenta de que aquella experiencia tenía muchas piezas que hoy forman parte de mi vida profesional. Había investigación. Había comunicación. Había una historia que ordenar.
Quizá ahí empezó una parte de lo que después ha seguido apareciendo en mi camino como comunicador, presentador y mago. No porque aquel premio decidiera mi futuro de golpe, sino porque me ayudó a descubrir cosas que me gustaban: preparar, contar, emocionar, explicar, conectar.
A veces los sueños no empiezan con una gran revelación. Empiezan bastante antes, sin que uno se dé cuenta.
Volver once años después
El acto del 20º aniversario reunió a alumnos premiados de esta edición con personas que habíamos pasado por el concurso años atrás. Distintas generaciones, distintas edades y distintas historias, pero una misma sensación de fondo: todos habíamos vivido una experiencia que nos enseñó a mirar mejor.
A mí, además, me tocó dar un discurso. Y reconozco que eso me hizo pensar.
No es lo mismo hablar de algo que acabas de vivir que hablar de algo que ocurrió hace once años y que, de repente, vuelve con una claridad inesperada. Uno empieza recordando una anécdota y acaba entendiendo una parte de su propia historia.
También pensé mucho en los profesores. En esos profesores que, muchas veces sin saberlo, abren puertas. A veces basta con una frase, una propuesta, un “vamos a intentarlo” o una confianza que llega antes de que el alumno la tenga en sí mismo.
Investigar en tiempos de inteligencia artificial
El aniversario de Es de libro llega en un momento curioso. Hablamos más que nunca de inteligencia artificial, de herramientas digitales y de respuestas automáticas. Todo eso es apasionante. Pero también nos obliga a hacernos una pregunta importante: ¿qué significa hoy ser original?
Para mí, la respuesta no está en rechazar la tecnología. Sería absurdo. La tecnología puede ayudar muchísimo. Pero hay algo que no deberíamos delegar nunca: el criterio.
La inteligencia artificial puede darte una respuesta. Pero no puede vivir por ti la curiosidad de hacer una buena pregunta. Puede ayudarte a ordenar información, pero no sustituye la honestidad de citar bien, de respetar el trabajo de otros, de pensar con rigor y de hacer tuyo el proceso.
Investigar no es solo llegar a una conclusión. Es aprender a recorrer el camino.
Y eso vale para un trabajo escolar, para una conferencia, para un espectáculo, para una empresa o para cualquier proyecto que merezca la pena.
Hay premios que empiezan después
Cuando pienso en Es de libro, no pienso solo en el premio.
Pienso en el equipo, en el colegio, en los profesores y en la ilusión de presentar algo propio. Pienso en esa edad en la que todavía no sabes bien quién vas a ser, pero empiezas a intuir qué cosas te despiertan algo por dentro.
También pienso en los alumnos premiados de esta edición. Quizá ahora lo vivan como un trabajo que salió bien, una entrega de premios y una alegría compartida. Pero ojalá dentro de unos años alguno mire hacia atrás y piense: “Ahí empezó algo”.
Porque a veces las cosas importantes de la vida no empiezan con grandes decisiones. Empiezan de forma mucho más sencilla.
Un profesor propone algo.Un alumno dice que sí.Un equipo se pone a trabajar.Y, sin saberlo, empieza una historia.
Por eso merece la pena tomarse en serio lo que hacemos, incluso cuando parece pequeño. Merece la pena investigar bien, escribir bien, citar bien, comunicar bien y agradecer bien.
Porque nunca sabes qué momento va a cambiar tu vida.
Y porque hay premios que no se guardan en una estantería.
Hay premios que siguen trabajando por dentro muchos años después.



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